El profesor Fernando J. Cabañas Alamán organizó un homenaje al gran maestro y compositor conquense don José López Calvo. Es una suerte contar con personalidades que ponen en valor el talento de otros cuando están vivos, en un país en el que tendemos ha realizar estos actos cuando ya nos han abandonado.
El homenaje constó una mesa redonda en la que estuvieron el propio Fernando J. Cabañas, junto a un gran colega en el mundo de los músicos militares como el Excmo. Sr. Don Francisco Grau Vergara, el historiador Juan Máximo Rodríguez Peinado y tres antiguos alumnos: José Mª Sánchez Verdú, Pedro Pablo Morante Calleja y un servidor.
José López Calvo
Al día siguiente hubo una conferencia-concierto, en la que Fernando Cabañas disertó sobre la vida y obra del maestro y posteriormente el Coro del Conservatorio de Cuenca, bajo la batuta de Pedro Pablo Morante Calleja, interpretó cinco estrenos de Sánchez Verdú, Juan Carlos Aguilar, Francisco Torralba, Manuel Murgui y Manuel Millán, además de un villancico del maestro Calvo.
Los actos estuvieron llenos de sentimiento, admiración y calidad. Espero que esta breve composición que escribí a mi maestro les guste.
«El barroco es la época de los contrastes». Esta coletilla
eterna en todos los procesos de enseñanza-aprendizaje se presentó de forma más
que evidente en esta representación del Teatro Real realizada en coproducción
con la Opéra National de Bordeaux.
Estos contrastes no son sólo el resultado del lenguaje y la estética que rodeó
la gestación de Alcina. También son
consecuencia de aunar en un todo artístico algunos de los momentos más
inspirados de toda la producción de Haendel, un libreto anónimo con todos los
estereotipos de la ópera seria dieciochesca pero con mayor ahondamiento, si
cabe, en el estatismo y la incoherencia. Por último, una puesta en escena de
David Alden, que en su intento de dar dinamismo y color creó una trama
paralela, más engorrosa todavía que la original, llena de humor cabaretero y
con un mensaje moral contrario al que se desprende del texto original.
Empecemos por la partitura. No nos podemos cansar nunca de
semejante prodigio musical. Haendel crea melodías de un talento tal que le
permite mostrar todos los afectos de los personajes sin renunciar a un solo
momento de belleza. El viaje psicológico de Alcina desde poder y la soberbia
hasta el amor y la desdicha se produce entre momentos de una sutileza
emocionante. El segundo personaje que evoluciona en sus sentimientos es
Ruggiero, papel escrito para el castrati Carestini, que a pesar de no poseer
tantos matices, sí tiene el aria que más ha transcendido de la composición: la
bucólica y pastoral «Verdi prati». Bradamante, Morgana, Oronte, Melisso, e
incluso Oberto – personaje añadido para el lucimiento de un niño cantor— desprenden
música de alta fuerza expresiva, que contrasta con sus papeles, que viajan
entre lo intrascendente y lo prescindible desde el punto de vista teatral.
Destacó por encima de todos la soprano canadiense Karina Gauvin en el papel de Alcina. Su
voz bella, moldeada y penetrante se adaptó tanto al virtuosismo brillante como
a las arias más íntimas, teniendo como ejemplo la memorable «Sì, son quella!
Non più bella», donde el retorno al Da Capo –precedido por un silencio sublime
y un pianissimo sobrecogedor— será recordado
por mucho tiempo (a pesar del horrible ruido de fondo de la calefacción del
Teatro Real, que rompió algo el momento mágico). El papel de Ruggiero lo cantó
la mezzosoprano italiana Josè Maria Lo
Monaco, que sustituyó a Christine
Rice por enfermedad. Fue creciendo poco a poco en intensidad, tras un
inicio algo plano que supo superar y matizar a lo largo de la noche. Anna Christy en el papel de Morgana
abusó de unos histriónicos agudos, algo precipitados, y se convertía en una
gran cantante cuando su registro no era tan agudo. Sonia Prima como Bradamante no se sintió cómoda y proyectó un
timbre algo forzado. El tenor Allan
Clayton resolvió con creces su sufrido papel, tanto por su hermosa voz como
por los números cabareteros y circenses a los que fue forzado, resueltos con
gracia, elegancia y excelente profesionalidad. Por último, tanto el bajo
italiano Luca Tittoto como la
soprano valenciana Erika Escribà
resolvieron muy bien sus pequeños papeles, que no tienen nada de fáciles.
La dirección musical de Christopher
Moulds fue detallista e historicista en la concepción, salvo por el uso de
instrumentos modernizados, que restó brillo a los vientos y atenuó los fraseos
de las cuerdas. Tuvo una excelente concepción global que mostró un trabajo
profundo y planificado.
Por último, tenemos que hablar de la puesta en escena de David Alden. La isla mitológica pasó a
ser un teatro (aunque pareciera más un hotel) de los años 30 ó 40. Hasta ahí
todo iba bien, los colores de valor alto daban mucho juego y convertir
melodrama en comedia sí venía al caso para esta obra. El problema es que quizá no
supo frenar a tiempo. La “sala de operaciones” para convertir en bestia a Ricciardo,
el magreo (digno de la filmografía de Mariano Ozores) que recibió Karina Gauvin
o algunos numeritos circenses de Allan Clayton convertido en mono superaron el
esperpento para convertirse en burla a la propia historia. El final cambiado, en
el que Ruggiero regresa con Alcina como sueño de aventura, felicidad y contraste
del aburrido y convencional matrimonio con Bradamante, puede parecer un acierto…
o al menos algo mínimamente coherente.
Alcina. Vídeo promocional del TREATRO REAL
Karina Gauvin como Alcina: SÍ, SON QUELLA! NON PIÚ BELLA!
Posiblemente la historia es común entre muchos ciudadanos de mi edad (43 años a fecha de hoy). Eres educado en un mundo religioso, poco integrista y tolerante. La religión forma parte indisoluble de tu ser y se convierte en un elemento más de la familia, aceptas sus contradicciones y errores y te aferras a lo bueno que te ofrece: una colectividad, valores (positivos en su mayor parte), cultura y en muchos momentos... consuelo.
Salvo un breve periodo adolescente, donde formé parte de un movimiento ultraconservador, no puedo hablar mal de las asociaciones religiosas con las que tuve contacto, pero poco a poco el pensamiento crítico innato al ser humano hace que uno busque respuestas más convincentes a las eternas preguntas que genera la existencia: ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es nuestra función en la vida? ¿Qué sentido tiene existir? ¿Somos eternos? ¿Está todo planificado por una inteligencia superior?
En la edad adulta intensifiqué la búsqueda y tras muchos intentos, conocer a personas increíbles (no puedo dejar de mencionar a Fernando G. Toledo, Fernando Cuartero o el malogrado y querido amigo de la red Enrique Arias) llegué a una conclusión: Las cosas son y nosotros buscamos por qué, sin premisas ni creencias limitadoras. El hecho de no saber el porqué de un enigma no significa que no exista, sino simplemente que estamos buscándolo.
En todo ese proceso de eliminación de mitos.... ¿Dónde queda mi dios? Yo todavía lo encuentro en un rincón que quizá la neurociencia explique algún día: EN LA BELLEZA.
ROUND ABOUT THE MOUNTAIN
Espiritual Negro.
Barbara Hendricks, soprano.
Round about
the mountain, 'round about the mountain
My God's a rulin' and she'll rise in His arms
Round about the mountain, 'round about the mountain
My God's a rulin' and she'll rise in His arms
The Lord loves a sinner, the Lord loves a sinner, man
The Lord loves a sinner, and she'll rise in his arms
When I was a sinner, a seekin' just like you
I went down in the valley and I prayed 'til I come through
You hypocrite, you concubine, your place among the swine
You go to God with your lips and tounges, but you leave your heart behind
The Lord
loves a sinner, the Lord loves a sinner, man
The Lord loves a sinner, and she'll rise in his arms
Round about the mountain, 'round about the mountain
My God's a rulin' and she'll rise in His arms
The Lord loves a sinner, the Lord loves a sinner, man
The Lord loves a sinner, and she'll rise in his arms
Goin' 'round the mountain, there I'll take my stand
I heard the voice of Jesus, thank God he's in this land
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Alrededor de la montaña mi Dios nos guía
y la montaña nos eleva a sus brazos.
Alrededor de la montaña mi Dios nos guía
y la montaña nos eleva a sus brazos.
El Señor ama al pecador. El Señor ama al hombre pecador
El Señor ama al hombre pecador, y la montaña lo elevará a sus brazos.
Cuando era un pecador, buscaba alguien como tú.
Bajé por el valle y recé hasta que llegué.
Tú hipócrita, tú concubina, tú en medio de la suciedad
vas hacia Dios con tus labios y lenguas,
pero olvidas el corazón.
El Señor ama al pecador. El Señor ama al hombre pecador
El Señor ama al hombre pecador, y la montaña lo elevará a sus brazos.
Alrededor de la montaña mi Dios nos guía
y la montaña nos eleva a sus brazos.
El Señor ama al pecador. El Señor ama al hombre pecador
El Señor ama al hombre pecador, y la montaña lo elevará a sus brazos.
Yendo alrededor de la montaña, allí ocuparé mi lugar.
Oí la voz de Jesús, gracias a Dios, él está en esta tierra.
Es lluvia de agosto, sólo eso. Recuerda el inicio de la monotonía, del trabajo reglado, desapasionado y mustio.
Recuerda todo lo que no has hecho todavía en la vida y que cada vez tienes menos tiempo para cumplirlo. Caen las gotas, refresca el ambiente, se abandona ese periodo de presunta renovación que nunca se cumple.
Es lluvia de agosto, sólo eso.
Los dos últimos días de la presente edición de las SMR estuvieron marcados por dos
conciertos de música vocal –en Arcas y San Miguel— y por la doble participación
del violinista y director siciliano Fabio
Biondi al frente de la noruega Stavanger
Symphony Orchestra.
La mañana del Sábado Santo viajamos a la iglesia de Arcas,
siempre impactante. Ahí tuvimos la ocasión de escuchar nuevamente a la Capilla Cayrasco, dirigida por Eligio Luis Quintero, permaneciendo en
la memoria el excelente concierto que nos brindó la pasada edición con música
de los maestros españoles del barroco Juan Hidalgo y Carlos Patiño. En este
caso, el repertorio se centró en los dos grandes del renacimiento temprano: Jean
de Ockeghem y Josquin des Prez. Quizá buscaron una excesiva sobriedad, pero el
resultado final fue seco y algo plano. Cantaron el latín con acentuación francesa,
pero atenazados y poco naturales.
El domingo en la iglesia de San Miguel tuvimos la ocasión de
escuchar un concierto donde se combina la música del mítico compositor
renacentista Carlo Gesualdo, encarnación del exceso vital –con asesinato de la
mujer y el amante de ésta incluido— adulador de la disonancia y el manierismo
extremo, con obras actuales de autores vivos como la francesa Caroline Chauveau y el italiano Gianvincenzo Cresta. El ensemble Solistes XXI, bajo la dirección de Rachid Safir, fue el encargado de esta combinación. Las páginas
contemporáneas jugaron con el timbre de la viola, interpretada con maestría por
Cristophe Desjardins. Liber Novus de Chaveau sonó rica de
efectos y exhalaba teatralidad. Devequt
II de Cresta era más contrastante e igualmente intensa. El tránsito a
Gesualdo parecía natural, gracias a la idéntica filosofía del maestro
napolitano, aunque la separación temporal sea de más de cuatrocientos años.
El violinista y director italiano ofreció lo mejor de su
filosofía en el encuentro con la prensa previo al concierto. Uno de los más
prestigiosos músicos “historicistas” que interpreta y dirige habitualmente
instrumentos “originales” replanteó esta cuestión por el enorme simplismo que
supone. Por ejemplo, dijo que algunos consideran “adecuado al historicismo”
tocar una obra alemana de 1756 con un violín italiano de 1710, cuando en
realidad no lo es, replanteo en artificioso mundo de los diapasones y llevó a
muchos asistentes a repensar la moda actual.
El maestro Biondi, actuó con una agrupación de instrumentos
modernizados (salvo la tiorba, el chalumeau, el clave y el órgano positivo), la
Stavanger Symphony Orchestra, pero
con un fraseo fundamentado históricamente y limpiado de barniz romántico. Lo
hizo en dos ocasiones, el Sábado Santo con el oratorio del compositor italiano
Antonio Caldara, Morte e sepoltura di
Christo, un oratorio de 1724 que resultó un feliz descubrimiento para los
presentes. Sin sentido dramático, pues no era una narración, sino una
meditación poética de los presentes en la sepultura de Jesús previamente a su
resurrección, las arias da capo eran de gran belleza y poseían elevado
magisterio. Ayudó la solvencia del quinteto vocal, excelente en su conjunto y
de forma individual, y una orquesta vibrante. Esperemos que este oratorio y su
compositor recuperen la vigencia que tuvieron en su época.
Los mismos componentes, con el añadido del Coro de la Comunidad de Madrid, fueron
los protagonistas del concierto de clausura del Festival. La ocasión era de las
grandes, con cámaras de televisión, importante número de políticos y un público
que llenó la catedral, que luce magnífica, luminosa y con belleza abrumadora.
Fabio Biondi
interpretó como solista un juvenil Concierto
para violín y orquesta en Sol Mayor de Franz Joseph Haydn. La idea del
palermitano es que ninguna frase musical mantenga una dinámica estable. Todos
son cataratas y torrentes en crescendos
y decrescendos constantes,
manteniendo un permanente cambio y una variedad cautivadora. Tras este
aperitivo, la misa más luminosa de Mozart: la Misa de la coronación KV 317. Versión formidable, fresca, intensa,
brillante, llena de colores, con un coro madrileño esplendoroso, una orquesta
comprometida, unos solistas excelentes y una catedral henchida de música,
plena, absoluta y feliz. Una jornada final que deja la 54 edición en un gran
nivel y a nuestro festival, que siempre será de Cuenca, en el primer escalón mundial.
Dos excelentes conciertos marcaron la jornada del miércoles.
Abandonamos los universos renacentistas y barrocos para adentrarnos en el
romanticismo y el siglo XX. El primer concierto tuvo lugar en la iglesia de San
Miguel y estuvo a cargo del coro asturiano El
León de Oro, dirigido por Marco
Antonio García de Paz. El repertorio era tan complejo como bello, partiendo
del romanticismo de Mendelssohn, Brahms, Bruckner –o el menos conocido de
Stanford o Rheinberger— para acabar en las distintas estéticas del siglo XX
como los post-románticos Holst y Rachmaninov, el cercano al minimalismo
Taverner o los vanguardistas reconducidos Penderecki o Schnittke.
De este concierto hay que destacar dos cosas: la primera y
más importante, es que estamos ante un coro no profesional. La segunda y quizá
más fascinante, es que suena mejor que la mayoría de los profesionales. Es más,
voy a valorarlos como tales, porque llegar a pianissimos tan increíbles sin que se caiga la voz o llenar el
auditorio con esos fortissimos redondos,
trabajados y sentidos no se consigue sin el compromiso del director, pero
tampoco sin la excelente técnica de sus componentes. Mendelssohn fue cantado
con poder, Brahms con oscuridad calculada, Taverner con sentido hímnico y
onírico y Penderecki desde el arrebato y el contraste extremos. Concierto
excelente de una agrupación modélica en nuestro país y que hoy en día es muy
superior a algún famoso orfeón del norte.
Por la tarde en el Teatro Auditorio, regresó el pianista
onubense Javier Perianes, pero en
este caso como solista de una de las obras que iba a interpretar la Orquesta
Sinfónica de Galicia, bajo la batuta del director ruso Dima Slobodeniouk. El primer concierto sinfónico de esta edición se
basó en tres obras de lejano carácter religioso, muy alejadas estéticamente y
de calidad extrema aunque poseen distintos grados de comunicación con el
oyente. El festín de Belshazzar del
finlandés Jean Sibelius es una página sinfónica incidental, directa y
comprensible. Sigue las pautas formales y tímbricas del mejor Sibelius, aunque
no posee el desarrollo de sus grandes sinfonías. La visión de maestro Slobodeniouk
fue honda y sutil. Se regodeó en los tenues cambios de timbre y en la increíble
capacidad de esta música para acariciar nuestros oídos. Tras esto, el Concierto para piano y orquesta enSol de Maurice Ravel fue un estallido de
color. La partitura es una orgía sonora, el mejor tratado de orquestación de la
historia, una obsesión de la mezcla instrumental. Tanta sutileza tímbrica hace
descabalgarse a más de una orquesta, pero los gallegos estuvieron a la altura
de un Perianes colosal, concentrado y que siempre tenía una sorpresa debajo de
la manga. Nunca olvidaré el maravilloso segundo movimiento, esa melodía
infinita tan fácil de romper por un segundo de desconcentración. No fue así, el
color inundó la sala y las frases fluyeron como si tuvieran vida propia. La
segunda parte del concierto se dedicó íntegramente a la Sinfonía nº3“El poema divino”
de Alexander Scriabin. Partitura densa y colosal, reiterativa en los temas y de
desarrollos inabarcables. Partitura muy cercana al director, que desmenuzó de
forma titánica. Excelente concierto.
En Cuenca tenemos un maravilloso problema: hemos escuchado
tantas grandiosas pasiones bachianas que muchas veces estamos desbordados y
perdemos la perspectiva. El jueves disfrutamos de una versión excelente, con
criterios claros y contundentes y llevados adelante por unos profesionales de
primer nivel internacional. Voy a intentar hablar de todo ello y mi crítica se
dirigirá exclusivamente a mi visión dramática de la obra, que no tiene por qué
coincidir con la del director.
Partamos por el final. Tanto el Balthasar Neumann Chioir como Le
Concert Lorrain son dos agrupaciones fascinantes. El coro era una joya de
matices, empastado y que respondía con celeridad a cualquier indicación de su
director. La orquesta, una agrupación de solistas de primer nivel, que posee un
color cálido y un importante torrente sonoro. Los fraseos, marcadamente barrocos
y detallistas hasta el extremo, dieron una lección de estilo magistral y los
solistas vocales estuvieron excelentes, desde es intenso tenor Julian Prégardien como evangelista, muy
expresivo, hasta el bajo Dietrich
Henschel como Jesús,más sobrio pero
de voz penetrante y cálida. Las voces femeninas de la soprano Hana Blazíková y la contralto Sophie Harmsen sonaron
brillantes, luminosas, fraseadas hasta el detalle. Todo perfecto en una obra
perfecta. El director Cristoph Prégarden,
dio una visión frenética, luminosa por momentos y dramática por otros.
Y es aquí donde vuelvo al principio de la crítica. Tantas
Pasiones geniales producen a veces desconcierto. Nunca satura esta cumbre de la
historia de la humanidad, siempre produce al ser humano sensible cierto
síndrome de Stendhal, pero… ¿Qué podría debatir con Prégarden sobre su visión
de la Pasión según San Mateo? Sólo una cosa: la visión global. Su versión, en
su brillantez inicial me encantó, avanzaba con soltura, pero quizá tras la
segunda parte (no hubo descanso, cosa que nunca entenderé, pues no tiene nada
positivo y muchas negativas, aunque sean fisiológicas) necesité un mayor giro
dramático progresivo, que se tradujera en los tempi de las arias y en el sentido de los corales (lo hizo en el
posterior a la muerte de Jesús, eliminando el duplicado instrumental y con una
intensidad constante en piano).Es un detalle que pretende generar un debate, no
pretende ser crítica, pues su lectura global fue, cuanto menos, sobresaliente.
El autor de AlgecireñoJosé María Sánchez Verdú fue el protagonista del segundo estreno mundial
de la 54 edición de las SMR. En el encuentro de compositores que tuvo lugar a
las 17:00 y que tuve el honor de presentar, el maestro Sánchez Verdú comentó lo
que íbamos a escuchar. Por un lado el ya estrenado Libro de Leonor –para grupo vocal y coro gregoriano— y previamente,
lo que sería en realidad el encargo de las SMR: Libro de danzas de la muerte, para organetto, órgano gótico y
vihuela de arco. Ambas son partituras hermanas y de características similares,
que encajan a la perfección. Sánchez Verdú realiza una recreación— instrumental
en las danzas de la muerte y vocal en el libro de Leonor— de la música de la
época del Codice de las Huelgas. Utiliza y recrea materiales originales pero
también juega con la materia sonora que resulta de ellos. Nos muestra nuevas
texturas instrumentales y vocales que nacen de las bajomedievales y regresan a
ellas.
Las danzas de la muerte requirieron el movimiento del
público, que se desplazó al claustro renacentista para escucharlas. Allí, con
luz de velas y una imponente luna llena, la magia estaba garantizada y la
emoción fluía con naturalidad. La fusión de las artes era casi natural y
personalmente, me creó un goce difícilmente igualable. Nos desplazamos a la
nave central para escuchar el Libro de Leonor y a partir de ahí fueron los
intérpretes los que se fueron desplazando por el templo. La idea resultó, el
viaje perenne entre el pasado y el presente se reflejaba en la propia
arquitectura gótica y las vidrieras de Torner, Bonifacio y Rueda. La música se
adaptó a esas circunstancias. Los intérpretes (Tasto Solo, Ensemble
Organum y Schola Antiqua) con dos directores sabios en la materia, Marcel Pérès
y Juan Carlos Asensio, rozaron la perfección