lunes, 31 de octubre de 2011
EL ÁRBOL DE LA VIDA. VANGUARDIA Y TRADICIÓN
miércoles, 12 de octubre de 2011
Paul O´Dette: Vibró el laúd
Comenzó el primero de los conciertos del ciclo «Tomás Luis de Victoria» en el Teatro Auditorio de la mejor manera posible. El laudista norteamericano Paul O´dette ofreció un concierto de los que no se olvidan, impregnado de todo el espíritu de la Europa del siglo XVI.El recital tenía un título sugerente: «Música para el Papa, el Rey y el Emperador», una recreación de la reunión que tuvo lugar en Niza en junio de 1538 entre el emperador Carlos V, el rey Francisco I de Francia y el Papa Pablo III para firmar un tratado. Los mandatarios se presentaron con importantes séquitos –una forma habitual de manifestar su poder— entre los que se encontraban sus mejores músicos. Existe constatación escrita de la presencia de los laudistas Francesco da Milano y Alberto de Ripa, mientras que es posible que también se encontrara el vihuelista español Luys de Narváez.
La música de los tres maestros nombrados, más la de Pietro Paulo Borrono, condensaron toda la esencia de un siglo donde la música instrumental empezaba su andadura independiente de la vocal, pero que todavía seguía atado a muchas de sus convenciones.
Laúd, contrapunto y danza.
El laúd se convirtió en el instrumento predilecto de la nobleza. Con sus seis órdenes (o cuerdas dobles) era capaz de aglutinar la complejidad de la música vocal de época, principalmente el contrapunto imitativo, además de ser idóneo para interpretar las danzas cortesanas y populares que tanto gustaban. Por eso, la práctica totalidad de los compositores de laúd y vihuela del siglo XVI escribieron para esos dos formatos, como pudimos comprobar en el concierto del pasado viernes. El estilo de cada uno de ellos, aun ciñéndose a las mismas normas, es muy distinto. Alberto de Ripa esconde una música sombría, cerebral e intensa, mientras que Narváez explota el poder de las variaciones sobre un tema dado (que en España se llamaban diferencias) con una gran energía e imaginación. Pietro Paolo Borrono busca un laúd luminoso mientras que Francesco da Milano, apodado por su maestría “Il Divino”, se encumbra como dominador supremo de todas las formas de la época.
La visión de Paul O´Dette.
El gran intérprete de Ohio forma junto con Hopkinson Smith y José Miguel Moreno el gran tridente de solistas veteranos de la cuerda pulsada antigua. O´Dette es un maestro con mayúsculas, de los que exhiben un dominio técnico natural, sin esfuerzos visibles ni exageraciones gestuales. Inició el concierto con Pietro Paolo Borrono –el menos profundo de los cuatro autores— y mantuvo una tensión creciente, combinando sabiamente las variaciones y danzas con las más complejas fantasías. Acababa cada sección con una obra brillante.
Las virtudes de O´Dette se vieron desde el principio. El laúd es un instrumento de gran belleza sonora y visual y de pequeña proyección. El desarrollo expresivo se debe realizar desde el detallismo en el fraseo, las pequeñas pinceladas, las mínimas desigualdades que hacen que la riqueza se acumule en cada página. O´Dette nadaba como pez en el agua haciendo diferentes dos acordes idénticos y realizando las notas rápidas como una cascada cambiante.
El otro aspecto que puso de relieve fue el de la ornamentación. Muchos pueden pensar que improvisar trinos, cadencias y otras florituras es algo típico del Barroco y que no es aconsejable para el Renacimiento. Basta con la lectura de los propios libros de los laudistas y vihuelistas del siglo XVI para comprobar cómo los mismos compositores dejaron claro que el intérprete debía ser un activo improvisador. O´Dette asumió ese papel con naturalidad y debo reconocer que no había escuchado en la vida una versión tan ampulosa y plagada de ornamentos de la “Canción del emperador” de Narváez. El resultado puede ser hasta discutible en lo estilístico, no así en lo musical.
Al acabar el recital tuve esa extraña sensación de vivir de nuevo una noche irrepetible. Me sentí afortunado, porque mis padres no tuvieron las posibilidades de alimentar el espíritu musical que yo he tenido en estos años. Los ciudadanos de esta “Ciudad para la música” así lo entendieron… por eso asistimos la “friolera” de setenta personas.
El artículo fue publicado en la versión impresa de EL DÍA DE CUENCA el miércoles 12 de octubre de 2011
domingo, 21 de agosto de 2011
Música para el fin del veraneo
domingo, 17 de julio de 2011
LA EXPERIENCIA DE SAINT FRANÇOIS D’ ASSISE
Los seguidores del blog ya conocen mi admiración por este místico del siglo XX. A Messiaen le debo muchas cosas. Lo primero, la comprensión por los movimientos estéticos del siglo pasado. Aún recuerdo esa imagen veraniega, tumbado en el apartamento de la playa con una pequeña radio con auriculares… no tenía más de veinte años y escuché embelesado por primera vez la Sinfonía Turangalila… ¡qué experiencia! ¡Se acababa de abrir un mundo nuevo! A partir de ahí, buscaba a Messiaen en Radio 2 (hoy Radio Clásica) y empecé a asistir a los conciertos donde se programaba su música: El cuarteto para el fin de los tiempos, Las veinte miradas al niño Jesús, Catálogo de pájaros… encontrando siempre un mundo inmenso de color, imaginación y poesía
Cómo sentí San Francisco en directo.
Retornando al Madrid Arena… ¿Qué sentí tras seis horas de representación (cuatro y media de música y una y media de descansos entre los actos)? Lo primero, es que había vivido un momento especial, posiblemente irrepetible, porque no sé cuándo se volverá a representar esa obra mastodóntica en España. Lo segundo, es que la partitura tiene una belleza desbordante, y lo tercero… que Messiaen no es un autor teatral.
San Francisco de Asís es el pináculo de madurez del compositor de Aviñón. Tardó unos pocos meses en redactar un libreto sencillo, que dibuja ocho escenas de la vida del santo, desde el inicio de su vida espiritual y la milagrosa curación del leproso hasta la experiencia de los estigmas y la muerte liberadora. El resto de los seis años de gestación (1976-1983) fueron dedicados a la composición y a la orquestación, que fue la parte más larga y artesanal. Según Messiaen, le atrajo el personaje de San Francisco porque es el que más se parece a Jesucristo. Se nota en la escena la profunda fe católica del compositor, la admiración por cada detalle de la viuda del santo, especialmente en lo que concierne a su capacidad para amar al prójimo y a todas las criaturas. Era la excusa perfecta para plasmar una ópera. Sin embargo, a pesar de que Messiaen era intocable para el mundo oficial de la música europea de los años ochenta, el estreno tuvo críticas, muchas de ellas certeras, que no gustaron al compositor.
Messiaen. Justificó su longitud, alegando que duraba lo que requería el argumento y que también son largas las producciones wagnerianas sin que nadie diga nada. También se defendió de aquellos que decían que no era una ópera sino un oratorio donde no era necesaria la puesta en escena por su estatismo. Por eso afirmaba: «es verdad que no se trata de una ópera tradicional, pero tampoco es un oratorio. Es un espectáculo musical en el que los movimientos de los personajes, el vestuario son necesarios».
Personalmente, creo que es una obra fallida en escena, que avanza gracias a una música de una riqueza difícilmente igualable.
Lo mejor y lo peor de San Francisco de Asís.
Lo mejor:
1. Música de gran modernidad, pero muy expresiva. Es comprensible para gran parte del público medio. Se perciben influencias de Debussy, Wagner, pero más aún de Monteverdi (el uso continuo de voz-ritornello-vos-ritornello recuerda a l´Orfeo)
2. Orquestación grandiosa, de riqueza perenne e inagotable. Los colores fluyen con variaciones siempre ingeniosas.
3. Utilización natural de la voz, basándose en la acentuación de la lengua francesa. No hay efectos absurdos (hipos, ruidos vocales).
4. La diferentes entradas del ángel (única voz femenina de la ópera), que llevan al clímax de la belleza.
5. Coro poderoso e interventor, lo cual da momentos de intensidad y avance en la escena.
Lo peor.
1. La ausencia de drama, todo son recreaciones espirituales de un personaje y las escenas son separadas. Messiaen confió excesivamente en sí mismo a la hora de abordar la historia.
2. La longitud del segundo acto. Casi dos horas ininterrumpidas, con una escena cuarta (el ángel viajero) y sexta (el sermón de los pájaros) reiterativas y algo aburridas. Es aquí donde los fantasmas de Messiaen, sobre todo su amor por la ornitología, lo alejan del sentido último de lo que es una ópera. Con un recorte de cuarenta minutos, la composición hubiera sido redonda.
La representación en el Madrid Arena.
Salir del Teatro Real hace perder encanto, pero creo que ayudó mucho en la puesta en escena. La cúpula de colores cambiantes que reflejaban la evolución de la espiritualidad del personaje fue un acierto, porque resultaba hipnótica e iba acorde con el estatismo continuo de la composición.
La interpretación instrumental y coral fue sobrecogedora por la perfección técnica y el detallismo exacerbado. Tanto la SWR Sifonieorchester Baden-Baden-Freiburg, el Coro Titular del Teatro Real y el Coro de la Generalitat Valenciana dejaron una huella imborrable bajo la batuta de Sylvain Camberling.
Los solistas fueron de gran calidad, pero destacaría la magia y la belleza tímbrica de la soprano Camilla Tilling. El resto del elenco también fue sobresaliente, especialmente el barítono Aalejandro Marco-Buhrmester, que luchó para hacer sonar su instrumento en un espacio tan abierto y con una orquesta a veces excesivamente ampulosa para su registro.
En fin… una noche magnífica donde Messiaen se dejó llevar por su universo personal por encima del universo escénico.
Adjunto la primera aparición del ángel en una versión que desconocía...
Inicio de la escena de los estigmas, con José Van Dam (que fue quien la estrenó en 1983).
Y la noticia del estreno en el Madrid Arena...
