Últimamente estoy sintiendo simpatía por todos esos compositores de la pasada centuria que rápidamente fueron despreciados por el pensamiento único de la vanguardia. Samuel Barber vivió alejado de cualquier rupturismo, buscó su lenguaje personal en un ambiente tonal o modal anclado en la tradición romántica y no se sintió atraído por las nuevas corrientes que tanto sedujeron a sus compatriotas. Con el tiempo, he visto que el deseo de novedad a cualquier precio ha desbaratado a muchos creadores y que el considerarse adelantado no es un rasgo especialmente interesante. A las pruebas me remito. Bach, Victoria, Mozart o Verdi fueron compositores anclados a una tradición que nunca quisieron romper. Barber es un caso más.
Como casi todos los amantes de la música, mi primer acercamiento a este autor norteamericano fue consecuencia de la película Platoon (1986) de Oliver Stone. El drama de la muerte y la guerra absurda se veía envuelto por las pinceladas de una música sostenida, lenta, que permanece en continuo dramatismo y que daba mayor sentido a algunas escenas, sobre todo la muerte del sargento Elías.
Ya en plena madurez, he retornado muchas veces a esta página y cada vez la observo con más admiración. Apenas 69 compases, con un 4/2 dominando casi todos ellos, pero sólo como un agarre ante un ritmo donde no existen partes fuertes y débiles como tal. La escritura es sencilla y diáfana, con una armonía vagamente tonal en si bemol menor, pero que raramente se define. Dominan los acordes tríadas y menores.
El origen de la obra, escrita en 1936, fue un cuarteto de cuerda, pero a petición del director Arturo Toscanini, transcribió el segundo movimiento para cuerda completa. El éxito ha sido sonado y Barber también la adaptó para coro mixto, con el título de Agnus Dei.
El Adagio para cuerdas de Samuel Barber tiene un sentido elegíaco evidente. Sin embargo, su audición genera en mí auténtica serenidad, un bálsamo para el espíritu. Escúchenla, por favor, en la versión de la Orquesta de la BBC dirigida por Leonard Slatkin el 15 de septiembre de 2001 en honor de aquellos que perdieron la vida unos días antes en los atentados de las Torres Gemelas.
Hasta pronto.